viernes, 17 de octubre de 2008

SABIDURIAS ORIENTALES APRENDE CON COSAS SENCILLAS

Ayuada para todos mis hermanos de este mundo

EL SAMURAI

Cerca de Tokio vivía un gran samurai ya anciano, que se dedicaba a enseñar a los jóvenes. A pesar de su edad, corría la leyenda de que todavía era capaz de derrotar a cualquier adversario.
Cierta tarde, un guerrero conocido por su total falta de escrúpulos, apareció por allí. Era famoso por utilizar la técnica de la provocación. Esperaba a que su adversario hiciera el primer movimiento y, dotado de una inteligencia privilegiada para reparar en los errores cometidos, contraatacaba con velocidad fulminante.
El joven e impaciente guerrero jamás había perdido una lucha. Con la reputación del samurai, se fue hasta allí para derrotarlo y aumentar su fama. Todos los estudiantes se manifestaron en contra de la idea, pero el viejo aceptó el desafío.
Todos juntos se dirigieron a la plaza de la ciudad y el joven comenzaba a insultar al anciano maestro. Arrojó algunas piedras en su dirección, le escupió en la cara, le gritó todos los insultos conocidos, ofendiendo incluso a sus ancestros. Durante horas hizo todo por provocarlo, pero el viejo permaneció impasible. Al final de la tarde, sintiéndose ya exhausto y humillado, el impetuoso guerrero se retiró.
Desilusionados por el hecho de que el maestro aceptara tantos insultos y provocaciones, los alumnos le preguntaron: -¿Cómo pudiste, maestro, soportar tanta indignidad? ¿Por qué no usaste tu espada, aún sabiendo que podías perder la lucha, en vez de mostrarte cobarde delante de todos nosotros?
El maestro les preguntó: -Si alguien llega hasta ustedes con un regalo y ustedes no lo aceptan, ¿a quién pertenece el obsequio? -A quien intentó entregarlo -respondió uno de los alumnos.
-Lo mismo vale para la envidia, la rabia y los insultos -dijo el maestro-, cuando no se aceptan, continúan perteneciendo a quien los llevaba consigo.

A QUIEN LE IMPORTA

Todos los meses, el discípulo refería fielmente por escrito a su Maestro sus progresos espirituales.
El primer mes escribió: -Siento una expansión de la conciencia y experimento mi unión con el universo. El Maestro leyó la nota y la arrojó al cesto de los papeles.
Al mes siguiente escribió esto otro: -Al fin he descubierto que la divinidad está presente en todas las cosas. El Maestro parecía estar tremendamente decepcionado.
En su tercera carta, el discípulo explicaba entusiasmado: -El misterio del Uno y lo múltiple le ha sido revelado a mi asombrada mirada. El Maestro bostezó.
La siguiente carta decía: -Nadie nace, nadie vive y nadie muere, porque el yo no existe. El Maestro, desesperado, alzó sus manos al cielo. Luego pasó un mes, dos meses, cinco meses, un año... El Maestro pensó que había llegado el momento de recordar a su discípulo su obligación de mantenerle informado de sus progresos espirituales.
Y el discípulo respondió a vuelta de correo: -¿Y a quién le importa?
Cuando el Maestro leyó estas palabras, se iluminó su rostro de satisfacción y dijo:
-¡Gracias a Dios, al fin lo ha logrado!
EL ERMITAÑO Y EL REY
Un viejo ermitaño fue invitado cierta vez a visitar la corte del rey más poderoso de aquella época. -Envidio a un hombre santo como tú, que se contenta con tan poco -comentó el soberano. -Yo envidio a Vuestra Majestad, que se contenta con menos que yo - respondió el ermitaño.
-¿Cómo puedes decirme esto, cuando todo el país me pertenece? -dijo el rey, ofendido.
- Justamente por eso. Yo tengo la música de las esferas celestes, tengo los ríos y las montañas del mundo entero, tengo la luna y el sol, porque tengo a Dios en mi alma.
Vuestra Majestad, sin embargo, sólo posee este reino.

TRES DIAS MAS

Suiwo, discípulo de Hakuin, era un buen maestro. Durante una sesión de verano le llego un discípulo del sur de Japón. Suiwo le dio el Koan:
-Escucha el sonido de una sola mano. El alumno pasó tres años, pero no pudo pasar la prueba. Una noche llego con lágrimas en sus ojos y le dijo a Suiwo: -Debo de regresar a mi tierra, con profunda pena, pues no logro resolver el problema.
-Espera una semana más y medita constantemente -le recomendó Suiwo. No logró la iluminación.
-Prueba por otra semana -dijo Suiwo. El discípulo obedeció pero fue en vano. -Aún otra semana más. Pero no hubo resultado. En desesperación, el discípulo le pidió que lo dejara ir, pero Suiwo le pidió otra meditación de cinco días. Estos pasaron sin resultado. Entonces Suiwo le dijo: -Medita tres días más y si no logras la iluminación, te matas.
En el segundo día el discípulo obtuvo su iluminación

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